07 abril 2010

Visitando al fotógrafo Fernando Gutiérrez, nos encontramos con una casa dinámica, chicos que crecen y un talento que no se detiene.

Un espacio de trabajo con calidez de hogar, arquitectura, decoracion

Abre la puerta con una sonrisa y el termo bajo el brazo. Paloma (7) y Ema (4) dan vueltas esperando el desayuno, y temo haber llegado demasiado temprano. Pero Fernando convida mate, se ocupa de servir el cereal, acaricia espalditas y contesta preguntas con sorprendente calma y la concentración bien repartida. Yendo al grano, cuenta que su casa es un proyecto del Estudio Afra, y se nota que está contento con el resultado, con las buenas ideas que, como buen creativo, sabe valorar.
"Después de haber hecho tres remodelaciones en departamentos anteriores, siempre con detalles de demolición que buscábamos con paciencia infinita, quisimos hacer esta obra con materiales modernos. No podíamos hacer una casa de cero de ese modo."

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Sillón Chesterfield, espejo provenzal, arcos y flechas 8 de sus viajes por el Amazonas

Paciencia de orfebre.
Una frase que se presenta y resulta ser absolutamente indicada, como pronto nos enteramos. A los 16 años, Fernando empezó a estudiar orfebrería con Rafael Barragán (lo pescó justo entre su vida en Sudáfrica y su mudanza al minúsculo pueblo cordobés de La Población, en Traslasierra).
"Viví de eso hasta los 23. Tenía clientes italianos que me citaban en el Alvear, y yo iba a verlos con una inocencia… Me hacían encargos tan grandes que ni siquiera podía comprar el material, y se los confesaba con total candidez. Dejaban los dólares y se iban. Con eso, entre otras cosas, me fue bien varios años, me di el gusto de viajar y puse a trabajar a todos los vagos de mis amigos", se ríe. Después, con el 1 a 1, llegó la competencia de la fantástica platería de Bali y la cosa cambió de color.

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"Hago cambios violentos", dice este hombre completamente pacífico. Y uno, al verlo cebar sin prisa y oírlo hablar, sereno, no se imagina cómo. Pero es tan fácil como que no tiene miedo de hacerlos. "No soy un loco, pero si tengo para tirar cuatro meses, me cambio de caballo."

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El nuevo llamado de la buena fortuna ("Sonó el teléfono cuando ya estaba medio ahorcado") llegó a través de la fotógrafa Adriana Lestido, a quien conoció cuando todavía no gozaba de su merecido reconocimiento internacional. Fue ella quien le presentó, a su vez, al destacado fotógrafo Dani Yako, que lo convenció de trabajar con él, primero en DyN y después en la revista Viva: "Vos no te das cuenta de las fotos que hacés", le dijo.

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"Un tiempo antes de eso me había comprado una máquina, había hecho cursos y algunos trabajos freelance, pero no quería trabajar de fotógrafo. Un día estaba trabajando en el taller, escuchando la radio, como siempre, y dan la noticia de la voladura de la Embajada de Israel."
Salió corriendo, y terminó haciendo una toma –todo un extracto simbólico– que terminó siendo tapa de varias publicaciones en todo el mundo. Entre el desastre, lo atrajo un auto abierto como con un abrelatas. Se acercó y vio una foto estampada en el asiento por la velocidad de la explosión, con el aura carbonizada de lo que había sido un sobre, pero intacta. Resultó ser un retrato de los embajadores mismos. Se hace un silencio. El que nos enmudece cuando nos damos cuenta de los miles de factores que convergen en el segundo en que se detona una bomba.

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Mesa hecha a medida por un herrero, ('Si pulís el hierro, queda como acero; con barniz, hacés que no se oxide, o que envejezca poco y bien') con tapa de madera

Cuando me lancé de lleno al fotoperiodismo, no volvía hasta que no tenía la foto. No quería defraudar a nadie. Y así, esperando, a veces literalmente con el agua a la cintura y el bolso con el equipo sobre la cabeza, captaba imágenes surrealistas, como las tanquetas entrando a rescatar chicos de una escuela en plena inundación de La Boca. Fue una época de explosión de los medios gráficos: éramos los jóvenes estrella."

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Barra de hormigón donde puso el anafe y que es también desayunador.
En la pared del fondo una lámpara con brazo móvil.

"Es insistidor… Perseverante", dice su mujer, Valeria Burrieza, contenta de encontrar el adjetivo que lo define a la perfección. "Yo soy el que termina las cosas, las casas", sonríe Fernando, y Valeria asiente sin culpa. Experta en prensa y comunicación, hoy trabaja desde su hogar, en el estudio que mira a las calles pobladas de sauces de San Isidro, y que les cambió a las pequeñas Paloma y Ema.
"El Bajo se hizo más ruidoso, por eso llevamos el cuarto de las chicas al fondo; pero está bueno, hay más vida. La pegamos con el barrio: en los siete años que vivimos acá, fue mejorando de forma sostenida."

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Lámpara con costillas de madera y pantalla de papel, banco de joyero de Casa Doble V

Recorremos los últimos años. Se mezclan los viajes a Marruecos –para adentrarse en el desierto que atrapó a Paul Bowles–, al Amazonas, a Centroamérica. También premios, becas, libros, las primeras colaboraciones en la versión argentina de la mítica Rolling Stone. Hoy, con la misma pasión y calidad, Fernando se desempeña como director de fotografía del grupo que publica, además de Rolling, las revistas Ohlalá, Lugares, Brando, Jardín y nuestra Living. "¿Te arrepentís de haber dejado el fotoperiodismo?". Sonrisa cómplice. "Yo nunca me arrepiento de nada."

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Vista lateral del dormitorio: banco de mampostería que es la caja de la persiana metálica que cierra la planta baja vidriada

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Cama de hierro, sólida pero de diseño ligero, comprada en una recorrida por locales de demolición y anticuarios de la ruta 197

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